viernes, 1 de marzo de 2024

Lluvia

 

Ella siempre duerme de lado con una almohada entre las piernas, las últimas semanas el calor la ha despertado, aunque ya no vive en Ciudad Solar, aunque duerme con una camisa de tela ligera para el calor, aunque ahora vive en Ciudad Eterna. Ella cree que se debe a su obesidad, tiene una panza muy grande para su gusto que sobresale por la presencia de unos senos muy pequeños para el espejo. Se levanta y mira la hora, aunque él se fue hace tres meses y 22 días, ella sigue despertando en su horario. Cuando era más joven despertaba después de las 10am, ahora no pasa día sin abrir los ojos a las 7:45am “debe ser el calor” se dice para mentirse, en los días cotidianos las mentiras desde temprano sirven para darle sentido a la vida, en los días tristes sirven para dar vida, pero las mentiras de ella a sí misma, que son inofensivas y no le hacen daño a nadie, ni a ella, no como las mentiras de los otros, esos seres sin rostro que estuvieron a su lado sonriendo y eventualmente terminaron borrándose, esos otros que en los días de calor sólo sirven para salvarse de pensar en él, el otro que aún no se borra, que se fue y dejó su horario clavado en la cama.

Quisiera levantarse y hacer un desayuno elaborado, de esos que le llevan una hora para ser devorados entre sonrisas y caras de sueño, pero por estos días con el calor que inunda a la Ciudad Eterna no se está para esos trotes, el amor y la dependencia emocional ya no son para ella, se levanta suavemente y camina en tangas mientras tararea Selfless, se prepara cereal con leche y piensa en lo hermoso que es la lluvia, que sería lindo que lloviera y así empezar mejor el día, pero el sol se cuela por el balcón iluminando la mesa donde están las flores artificiales que compraron juntos en Falabella.

Piensa en la clase que dará más tarde y en cómo sus estudiantes le recuerdan la nada, son tan diferentes a ella y las personas que ha conocido, que no entiende muy bien cómo se pueden comunicar, siente que entre ellos y ella, hay un abismo de ideas, palabras y memorias que impiden conectarse del todo, luego piensa en él cuando el tarareo dice “Life is too short, but I will live for you”.

Termina el cereal y no se siente con fuerza para lavar los platos, va a la ducha y recuerda la vez que se bañó con él mirándola desde la habitación, estaba sentado desnudo mirando fijamente cada movimiento de sus manos con el agua recorriendo su cuerpo, en aquel momento se sintió el centro del universo, hoy el agua salió fría y se sintió en medio de la nada, la canción llegaba al bridge “He's never there, but I don’t care, I can't tell you what and where”, se duchó como si nadie en el universo supiera de su existencia, como si lo único real en su vida fuera el sonido del agua al compás del grito triste de Casablanca en su cabeza.

Tomó el celular e ignoró las 14 notificaciones de chat, buscó a su jefe y le escribió señalando que no podría ir a dar la clase, que su garganta le dolía (aunque no había pronunciado palabra alguna en lo que llevaba del día), que tenía fiebre (lo que tenía era calor), que la disculpara. No esperó respuesta y se acostó desnuda sin secarse para sentir lo más parecido a estar bajo la lluvia por esos días, la canción había vuelto a empezar en su cabeza “Please don’t be long, cause I want you now I don't have love without you around”, cerró los ojos y lo recordó sonriendo a su lado un domingo de lluvia en Ciudad Eterna, recordó su olor mientras colocaba una almohada entre sus piernas y una lágrima se le mezcló con el agua que caía del cabello al recordar su mirada cuando ya no la amaba, en su cabeza sonó “Life is too short, but I will live for you” y se durmió

Soñó con la lluvia.

jueves, 20 de julio de 2023

Don Roberto

Don Roberto camina suavemente, la bolsa para la orina le impide dar pasos más allá de los 15 cms, la casa está en silencio desde que ella se fue, hay un camino de hormigas que atraviesa los cuadros que alguna vez tuvieron fotos a blanco y negro y ahora, tienen pequeños fantasmas oxidados que se han ido borrando por el sol y el aire.

Sigue siendo la casa donde aquellos que crecieron en el barrio y no tuvieron la suerte de encontrar la fortuna recaen, toman una bebida y siguen adelante.

El silencio sólo es superado por la fuerza de la ausencia de una mujer que allende le dio vida al lugar. Aunque hay parlantes, ya no hay música, aunque hay una historia palpitando en el aire, ya no hay nadie quien la cuente.

La casa está hecha sobre piedra, es una loma empedrada que no cederá nunca por el clima, no lo ha hecho en casi 500 años sobreviviendo a terremotos, protestas, violencias y lluvias torrenciales que devoraron montañas hermanas en su totalidad. Es como si las almas de aquellos que entregaron su amor y presencia en esta pequeña loma, lo sostuvieran sobre todas las cosas.



Al frente una casa de fachada envejecida y techo destruido que promete venirse abajo en cualquier momento, pero si la montaña es fuerte, las casas lo son aún más. Con pequeños arreglos circunstánciales estas casas que han sobrevivido al amor de Don Roberto y ella, que vieron venir y sentarse a cientos de perros y gatos que se paseaban por el lugar, a miles de turistas y caleños interesados en conocer el último rincón olvidado del mundo. Estas casas prometen sobrevivir a Don Roberto que está agotado y triste y cansado, prometen sobrevivir a los hijos de los vecinos que ahora tienen aretes y tatuajes y usan motos que suenan muy duro pero andan muy poco.

Me tomo una cerveza, no está fría del todo, cómo si el frío de su famosa nevera que congelaba la cerveza se hubiera perdido. La muerte de ella significó la pérdida absoluta de todo, del frío de la nevera, de la música de los parlantes, del color de las sillas y mesas donde se jugaba parqués en las noches de pandemia, ella se fue y Ciudad Solar perdió sin darse cuenta, el 35% de su alma. Don Roberto es el otro 35% y hoy está cansado, caminando lentamente con su bolsa de orina que nunca llena.

El 30% restante es esta montaña empedrada que se niega a rendirse, pero que muy posiblemente algún día de mucho sol y poca lluvia, de esos en los que no se ven nubes a kilómetros de distancia y las aves vuelan tímidas bajo el sol, en que las casas del barrio le pidan a la montaña rendirse, entregar la resistencia, porque estarán cansadas y querrán descansar con todos los que estuvieron aquí por 500 años, Don Roberto y Ella, aplaudiendo mientras suena una salsa y sonríe mirando a Don Roberto verla sonreír 

jueves, 30 de marzo de 2023

La historia de Alejandro

Estábamos bajo un puente de concreto, arriba los autos pasaban con sus luces encendidas, manifiestos de humanidad. Tu piel cubierta de oscuridad mientras una maleta del tamaño de nuestras tristezas pesaban en nuestras espaldas. Mi padre, un hombre alto, de mirada firme en la nada, tocaba la puerta de una casa que parece de mi niñez, o quizás sea de tu pubertad, no lo recuerdo bien.

El dueño de la casa, un tal Alejandro, había llegado de Italia justo antes de entrar en la guerra, tenía un viñedo a las afueras de Nápoles, en una villa de esas donde los militares mataron a todo el mundo, o por lo menos eso contaba. Cuando salió de Italia pasó por Marruecos donde conoció al colombiano que trabajaba de guarda en un hotel de medio peso en el centro de la zona roja de la ciudad.

Con el colombiano aprendió que la violencia no es cosa nueva, que los países se pelean por pendejadas, aprendió el significado de palabras como pendejada y supo de la existencia de una tierra de bananos donde se siembra café, pero lo que se consume es caña.  Tomó la decisión de huir de la violencia viajando a Colombia en los inicios de los 40's.

Acá se enamoró de una rubia de ojos negros, alta de pelo corto y liso, única en su especie. Se la llevó a vivir en medio de Ciudad Solar, montó una pizzería con nombre italiano y los clientes eran felices escuchándolo balbucear en español. Con el tiempo ella se fue convirtiendo en el único hogar de él, la guerra terminó y la Italia de su infancia había mutado lo suficiente para no ser más su Italia. Los días en la pizzería eran suficientes para llenar los vacíos de nuestro italiano.

Al tercer llamado nos abrió la puerta un hombre delgado, con barba blanca y mirada hundida, tenía la mirada de quien ha perdido las batallas y sólo se refugia en los sueños de una realidad triste.
Entramos en una amplia sala, de cojines azules, con un par de fotos en blanco y negro. El lugar era inundado por un olor a vino, tomates y ausencia, como si hace mucho un cocinero hubiera preparado ahí, la receta de la alegría.

El hombre delgado y mi padre se escondieron en un cuarto, a los minutos salieron, se despidieron con la misma mirada y un triste abrazo que quería prolongarse más pero se cortó por la poca costumbre del tacto entre humanos, entre hombres. 

Cuando llegamos a casa, quizás la tuya o la mía o la nuestra si es que alguna vez existió en nuestros sueños una casa de los dos. Mientras te desnudabas te terminaba de contar la historia de Alejandro, entonces desperté. 


jueves, 11 de noviembre de 2021

Los días raros

 La luz del sol entró por la ventana del vecino del piso 10, estaba inquieto desde que despertó a las 3:12 de la mañana de un salto y entre lágrimas, no logró volver a dormir a pesar de querer hacerlo. 

Los días apacibles cambian con el ritmo de la música de la vecina del piso 8, la cual pone canciones de hace 60 años y las canta a todo pulmón mientras recuerda los días de su juventud y la posibilidad que tuvo de ser cantante famosa, así como la Rocío o el Gabriel. Pero ella no lo logró por estar pendiente de un novio que le juró amor eterno y por el cual evitó acercarse mucho al productor ese de los pelos rizados que todos decían que era como el rey midas. A la media hora cambia de género musical por estar añorando sus días de juventud y sentirse vieja al verse reflejada en el espejo del pasillo que le regaló la exesposa del hermano que se suicidó hace ya 30 años

La palmera que queda justo frente a la ventana de la habitación principal del piso 5 se mueve levemente mientras el aire frío producto de la montaña, el mar y una falla geológica que a nadie le importa entra por la cortina que sólo cierra las noches que va a tener sexo con su esposa, noches cada vez más lejanas. El vecino está sentado en la cama mirando como las aves pequeñas se posan sobre las hojas de la palma que hace un tiempo el quiso cortar por miedo a que le dañara su ventana. O eso fue lo que le dijo a la junta de vecinos, cuando la verdad es que la sombra de las hojas de la palma en la noche, le recuerda la silueta de la mujer que siempre amó y que ahora no sabe dónde está, aunque la ha buscado en Facebook y en Instagram y hasta en LinkedIn, pero nada. Mira la hora y le escribe un mensaje a su esposa que está mercando algo para la cena especial que preparan para algunos vecinos del edificio. 

El vecino del piso 10 siente las manos más frías de lo normal mientras se toma un café que dejó preparado el hombre que lo ha acompañado en los últimos 15 años. Piensa en su sueño, en el cual estaba sentado en el borde de una calle llena de autos de una época que él nunca conoció pero de la que ha visto bastante en las películas que le gustan a su pareja. Sentado miraba la sonrisa de un niño que era muy similar a aquel amigo de infancia con el que experimentó por primera vez lo que era la sexualidad en la sala de la casa de la tía de su amigo que quizás ya ha muerto, porque en aquella época estaba calva y sólo al crecer pudo entender que aquello era cáncer.  

Piensa en las historias que se contaban en el escondite privado que tenían entre los árboles del parque cerca a la casa. Recuerda el olor del aliento de aquel chico tímido que lo besaba apretando los labios, se toca los suyos y siente una leve y triste erección al pensar en aquel niño. 

La vecina del piso 7 se está vistiendo, aunque aún no ha decidido qué ponerse, ya que esta noche tendrá una cita con Camilo, el chico de manos largas y pies pequeños que conoció cuando aún estaba estudiando para enfermera en el instituto donde terminó embarazada de un profesor con ojos grandes y labios gruesos, el cual terminó huyendo de ella, del bebé, del instituto y de las clases como si fuera un niño saliendo a vacaciones de verano de la escuela. 

Lo último que supo de él, es que estaba viviendo con una niña de 16 años y hace cuentas para saber que quizás esa niña tenga más de 30 y él lleve más de una década muerto. Se siente insegura al ver su abdomen flácido y pálido que muestra las luchas de una mujer por sostener un bebé que llegó y se fue, como todo lo que ha tenido, como sucederá con aquel chico de pies pequeños que está segura que la  busca pensando que tiene dinero, como si el dinero solucionara algo en la vida. Se mide un vestido de flores que le regaló su hija en la última navidad como un último intento de subir esa autoestima que dicen los del internet que uno debe tener alto y sentirse orgullosa de sí misma, pero ella se ve y no logra encontrar el autoestima en ningún lugar. Toma el celular y cancela la cita. 

El teléfono suena varias veces y ella entiende que la están llamando, mira el nombre de su padre y decide no responder, no está para sus dramas y tristezas ahora, ya tiene los propios que se van acumulando como se acumula la papada que crece cada día. 

Está mirando una serie en Netflix y aunque no le ha gustado no puede dejar de verla, primero porque quiere tuitear sobre ella y segundo, porque ha estado intentando recordar qué es lo que la hace tan familiar consigo misma y cuando ve dos chicos irrumpir en una casa que no es la de ellos, recuerda aquella noche en la que el grupo de chicos de 14 años entró en aquella casa que por temas de narcotráfico unos vecinos dejaron abandonada de un día a otro. Recuerda que eran muy grandes para ser inocentes y muy inocentes para saber que lo eran. Sonríe por aquella travesura de jóvenes sin futuro de aquella generación y pierde la mueca cuando recuerda que la mitad más uno ya han muerto o peor, están como ella, con unas vidas más aburridas que la tonta serie que sigue viendo. El teléfono vuelve a sonar y cuando lo mira suena un ruido seco en el exterior que la hace brincar del sofá. 

El vecino del piso 10 sigue pensando en su niñez y mientras está mirando por el balcón unos pájaros que van en picada, quizás a las palmas que están creciendo sin pausa, ve pasar una sombra más rápida que las aves. La vecina del piso 8 no se enteró de lo sucedido por estar viendo su único casete que logró publicar con sus 4 demos. El vecino del piso 5 se estaba masturbando en la cama mientras imaginaba a la mujer palmera que amó hace tanto tiempo, que su rostro y cuerpo se han perdido en la memoria, dejando sólo trozos de una mujer que de no ser porque se la encuentra de casualidad en el festival de Ciudad Sola, no podría decir que en verdad existió. Un movimiento brusco de la palma le hizo levantarse semidesnudo de la cama. 

Los días raros llegan sin avisar a nadie, aunque todos lo esperaban con las ansias que tienen dos enamorados cuando se darán el primer beso. El aire de la ciudad es algo que siempre le gustó al vecino del piso 3, por eso suele subir a la parte más alta a sentirlo, aunque la mayoría de Ciudad Solar no sea más que edificaciones que hace muchos años eran blancas y que ahora tienen un gris crema opaco que produce tristeza y algo de asco. Se mira los zapatos que le regalaron cuando cumplió años hace ocho meses y recuerda aquella noche mientras en aplausos desanimados algunos le deseaban muchos años más, ella, la ella que siempre ha importado y que ahora ya no importa tanto, le miraba con los ojos que mira una madre a su hijo cuando sabe que no tiene regalo de navidad para él, cuando sabe que lo decepcionará de alguna manera por motivos tan insulsos y pasajeros como un simple regalo. Él supo reconocer la mirada porque su madre nunca lo miró, así que la experiencia por ausencia lo volvió un experto en reconocer la decepción en los demás. 

"Muchos años más" decía la canción. El vecino del piso 3 salta al vacío.

Silencio. 


La vecina del piso 2 saca su cabeza por la ventana buscando la causa del ruido seco de hace un momento y ve el cuerpo de aquel hombre callado con ojos azules y mirada perdida en un punto lejano, estrellado contra el pavimento, nota que no tiene zapatos y antes de poder procesar toda la información grita, grita tan fuerte que desaparecen los sueños de cantante del piso 8, los temores de sí misma del piso 7 y las erecciones del piso 5 y 10. 

Seis horas después de ser recogido el cuerpo, la vecina del piso 2 responde al teléfono cuando es la llamada dramática de un hombre que en algún momento no volverá a ver, tal como sus amigos de los 14 años. En el piso 5 un hombre se sienta y le dice a su esposa que el amor que se sintió hace un tiempo ha caído por la ventana. En el piso 7 llaman y reprograman una cita para la noche, en el piso 8, una mujer se inscribe en clases de canto, en el piso 10 un hombre decide contarle a su pareja sobre su primera vez siendo él mismo y lo bello que fue para aquel niño. 

El teléfono de la mujer que compró unos zapatos hace ocho meses, está apagado. 








lunes, 12 de julio de 2021

3:40am

"Eras una figura hecha sombra en la oscuridad. Estabas de pie en una esquina, tenías falda de color lila y una blusa animal print, al frente estaba el puente o un puente, no fumabas el cigarrillo que se quemaba en la mano. Me acerqué pensando que aquel lugar era peligroso para los dos; algunas luces de algunos autos que pasaban lejos de ahí dejaban ver partes de tu cuerpo, veía con mis gafas y vos no eras vos, por lo menos no la que recordaba, eras la que sos ahora, no la que fuiste la última vez que te vi. 

-Todo está bien, dijiste mirando mi rostro sin afeitar. 

- Tengo miedo del peligro, te decía mirando tus labios sin labial. 

Caminamos por calles empedradas que se desfiguran con el pasar de la noche, no habían estrellas y se sentía un vacío en el estómago. Vos estabas hermosa con tu sonrisa de cuando guardabas un beso como secreto en medio del pasillo de la casa de tus padres, en aquellas tardes de verano en una Ciudad Solar que aún no conocía la lluvia. Sin darnos cuenta caíamos de nuevo en la vía con el puente, donde los autos pasaban como olas de mar que golpeaban con el viento y el sabor a aire con sal caía sobre nuestra cabeza descubierta. 

No era necesario hablar porque con la mirada ambos sabíamos que era un sueño, que nada era real, ni mis caricias a tu cabello delgado, ni tus besos que cerraban con una mordida al final.

- ¿Recuerdas lo que leí hace años? sobre que las mujeres que muerden al besar destrozan los corazones, decías casi como un susurro, como si te hablaras a vos misma sobre mis recuerdos, porque al final de todo, tus recuerdos son los míos, los que olvidé mientras veía pasar la lluvia y el sol. 

Estábamos afuera del barrio viejo, el camino era empinado, lo suficiente para no ver lo que estaba al final, mis pies temblaban del frío mientras los viejos amigos pasaban por el frente celebrando el final de una batalla que nunca empezó. Me tomaste de la mano y me llevaste por esa loma llena de huecos e historias que conocía y nunca te pude contar.  

Sonó un estruendo y los ancianos salieron de sus casas viejas a ver fuegos pirotécnicos, celebraban mientras las casas nuevas, modernas y con nombres llamativos se desmoronaban. Las casas viejas se sacudían como un perro y todo lo que era nuevo cayó como escombros que ya nadie volverá a usar, tus manos sudadas casi se sueltan y supe que todo iba a terminar. 

Tu falda lila empezó a bajar con mis manos apoyando tus piernas, olías como siempre creí que olías. En el cielo hay estrellas, las vi por medio de tus ojos no tan negros, no tan verdes. Sentía que me perdía mientras las calles se llenaban de voces celebrando una libertad que nada tiene que ver con nosotros, porque el mundo de afuera nunca entendió que no había nada qué entender. 

-¿Te volveré a ver? Pregunté como un niño esperando que su primera profesora le asegure que se volverán a encontrar cuando ambos regresen a estudiar. 

Guardaste silencio y me miraste como quien mira algo extraño que nunca conoció y que no existe, porque para existir es necesario que vos lo inventes. Tus labios se abrieron para respon..."

-El mensaje superó la extensión permitida, pulse 1 para guardar, 2 para borrar, 3 para intentarlo de nuevo.

3:43am me dice el reloj del celular, pulso 2. 

lunes, 21 de junio de 2021

Instinto

 I

No sé cómo llegue aquí. 

Las manos llenas de tierra, la boca con sabor a hierro, sé lo que sucede. Parezco un hombre en medio de un descampado, al fondo se ven luces de casas oscuras, debo estar en un lugar alejado, se escucha lejano el pasar de autos a alta velocidad rompiendo el aire ¿Cómo llegué aquí? 

El aire es frío, entra con dificultad a mi cuerpo y sale con demasiada facilidad, me siento agitado y escupo lo que supongo debe ser sangre que no para de brotar ¿De dónde? me reviso la dentadura, hay varios dientes rotos, pero no duelen. 

Doy el primer paso y me duelen las costillas, con el segundo mi cabeza retumba, me duele todo, no veo nada bien. Empiezo a caminar en contra de mi voluntad, desearía estar acostado en una cama caliente, arropado hasta el cuello esperando que mi respiración se caliente ¿Tengo cama? ¿Tengo casa? 

El instinto es mi arma más fuerte, me decía alguien que ahora pasa como una sombra borrosa por un pasillo. Tengo sueño, pero no quiero dormir, estoy cansado, pero quiero caminar, me duelen los huesos y el frío los hace temblar ¿A dónde voy? ¿De dónde vengo? 

Llego hasta una casa de ladrillo construida en desorden, se ve que son habitantes pobres, pero por los vidrios en las ventanas puedo suponer que no son los más pobres de la zona ¿Dónde aprendí eso? toco con fuerza y después del cuarto intento veo una luz encenderse, un hombre barrigón se acerca en medio de sombras, asoma por la ventana, me ve de arriba a abajo y con una mueca de desaprobación se retira. Escucho la puerta, me abre. 

Es un tipo de casi dos metros de alto, con el pecho, las manos y los brazos peludos, las cejas con algunas canas y los labios gruesos cubiertos por un bigote mal cuidado, me siento indefenso y pequeño al lado de él. 

- No esperaba verte tan pronto - me dice mientras intento no toser por miedo a salpicarlo con sangre- supongo que te subestimé un poco, susurra mientras me ve con condescendencia. 

Silencio

Veo su mano del tamaño de mi rostro acercarse bruscamente y por un momento mi mente se va, regresa a las 6 horas anteriores donde hace un repaso de cada golpe recibido; entiendo el dolor de las costillas por las patadas y los dientes rotos por su puño, siento cuando me clavó un puñal en la pierna derecha y las 5 veces que perdí la consciencia mientras me ahorcaba, mi cuerpo reacciona a cada dolor recibido y antes de ser capturado de nuevo por las manos peludas que me han torturado, giro a un costado, con la mano sin dedos rotos alcanzo sus ojos y presiono con toda la fuerza que poseo, siento un puñal entrar en la costilla pero no importa, sus gritos me dan la fuerza necesaria para seguir presionando. Salta un ligero líquido de su mirada mientras el metal entra y sale sin hacerme el suficiente daño. 

Las puñaladas terminan, los gritos se callan, hay silencio. 

Doy dos pasos atrás y veo ese enorme cuerpo inerte con un pequeño rastro de sangre que sale de su rostro demacrado. Me duele todo y a la vez no siento nada. Intento respirar profundo y el aire se regresa por el impulso de la sangre. Me arrodillo, todo da vueltas y está estático a la vez, no tengo control sobre nada y el mundo me domina, escucho pasos cerca y me dejo morir. 

II

Hay una luz blanca tenue que entra por debajo de una puerta, se escuchan pasos y conversaciones susurradas afuera. Siento que mi cabeza se parte en 2 suavemente, las manos no reaccionan y no sé cómo decirles a mis pies que se muevan. No sé cómo hablar, no recuerdo nada más allá del cuerpo de un oso fenecer en mis manos. Cierro los ojos. 

Es de día, se escuchan autos en la calle, creo que está lloviendo. Me doy cuenta que hay un tubo en mi boca que debe ir hasta mis pulmones, al frente un hombre y una mujer intentan sacarlo, siento que puedo respirar por primera vez en mi vida, las manos me duelen. 

Me explican que un hombre cualquiera, un día cualquiera, decidió capturarme y torturarme para su placer, al parecer era su séptima víctima. Las otras seis eran llevadas a la fuerza a las afueras de la ciudad, en un barrio invadido por habitantes de calle y delincuentes, donde los gritos eran más cotidianos que en otros lugares de la ciudad. Las ataban y torturaban, cuando perdían la consciencia por los golpes, eran dejados cerca para que regresaran pidiendo ayuda y ahí volvían a jugar con ellas hasta sacar el último aliento de vida y esperanza. 

Con el pasar del tiempo mi cuerpo se recupera, mi mente se aclara un poco más. Más allá de un par de visitas de la policía y un periodista buscando el titular de la prensa amarillista, nadie vino a verme, debo ser un solitario. Reconstruyendo mi vida con los detectives, supe que trabajaba en una empresa de tecnología, que estaba soltero, sin amigos, que era una víctima perfecta para el asesino, que tuve contacto con él varias veces porque eso hacen ellos, que él me seleccionó porque era fácil elegirme. 

III

Han pasado siete meses desde el día que salí del hospital, aún tengo algunos tics en el movimiento por causa de los nervios dañados por las puñaladas y patadas, a veces me duelen los dientes nuevos, no logro caminar completamente erguido y la cicatriz de la pierna me arde en los días de lluvia.

Regresé al trabajo y después de un par de almuerzos comentando lo sucedido todo volvió a la normalidad. Me levanto en las mañanas, trabajo por 8 horas, regreso a casa a ver alguna película o serie, duermo. A pesar de los cambios físicos internos, he logrado recuperar mi rutina.

A veces, en medio de la noche, me despierto con el cuerpo cubierto en sudor y sangre en la boca producto de morderme dormido. Me doy una ducha, salgo a la calle y tomo un taxi, camino por medio de barrios vacíos hasta llegar a aquella casa que aún conserva sus vidrios. Entro con la llave que él me dio, escucho en mi cabeza “el instinto es tu arma más fuerte” mientras subo las escaleras a una terraza desolada con manchas de sangre en el suelo. Miro al descampado y espero en silencio.

Un cuerpo se levanta en medio de la nada, cojea, se lamenta, escupe sangre, camina en mi dirección.  

Sé cómo llegue aquí.

miércoles, 21 de abril de 2021

Odio

 Odio los días de calor, esos en los cuales el sol sale a las 6 y no se va hasta justo las 7pm, donde la humedad recogida en la madrugada es un pequeño vapor que desaparece de las calles antes del desayuno, odio esos días en los que me toca pasar toda la noche con frío por culpa de la lluvia leve de la madrugada y luego debo intentar dormir sobre una cama que hace de asador. 

Odio las peleas, en especial cuando son esposos los que discuten; ellos intentando humillar y ellas intentando atacar el ego, que el dinero esto, que el tiempo lo otro, que el amor esto y que los niños lo otro. En el piso de arriba vive una pareja que haría mejor en separarse o matarse, cualquiera de las dos opciones haría feliz a este pobre imbécil que resulté siendo.

Recuerdo cuando mis padres discutían, al final todo se saldó en tablas cuando mi madre huyó de la casa y mi padre la encontró, fue en los 80s, estaba en una casa de paso, esperó afuera del lugar y cuando ella salía al mercado la alcanzó, le pidió perdón y al ver su negativa le pegó 3 puñaladas. Me gusta pensar que fueron 3 por los días que duraron amándose, casi 15 años de matrimonio que resultaron en una mujer desangrándose en la calle y un hombre ahorcado en su casa al ritmo de Gardel. No fue gran noticia, como dije, fue en los ochentas. 

Acaban de mover una silla en el piso de arriba, siguen discutiendo mientras escucho en el fondo los sollozos de Isabelita, la hija. 

Ah, Isabel Cifuentes se llama, sólo 14 años pero tiene una mirada de mujer que me remueve la entrepierna, siempre he querido tenerla, yo sé que ella me mira con deseo, sabe que soy peligroso porque sus padres me temen; cuando nos encontramos en el ascensor ellos siempre ponen esa cara de saber lo que yo soy, pero ni se lo imaginan. Mientras ella, toda linda con su vestido amarillo que de sólo recordarla me pone duro ¡mamacita! quisiera romperla bien rico mientras me pide que no más...Pero ni modo, son los vecinos y no puedo ir llamando la atención, por lo menos no desde que hubo tanto revuelo por la vieja esa que encontraron atada y desnuda en la montaña. 

Je! Recuerdo al patrón preguntando si fuimos nosotros ¡Pobre güevón! Pues claro que fuimos nosotros, esa malparida sólo nos miraba feo en el restaurante, al parecer no éramos de su clase y se creía mucho, pero hubieran visto cuando estaba empotrada, pobrecita, llorando y diciendo que nos iba a dar plata, como si fuéramos unos desechables. 

¡Agh! Se me arruina la mañana con este hijueputa calor y esos hijueputas gritándose ¿No ven que la vida es muy corta para andar alimentando el odio? necesitan una buena lección sobre la vida para que dejen de chimbiar tanto la mía. 

Ahora le dio por sonar a ese malparido teléfono...

Al parecer van a quebrar al patrón hoy y toca perderse un tiempo, así que adiós casita clase alta, no me serviste de nada, ni viejas traje a esta mierda de apartamento, ojalá hubiera traído a Isabelita ¡Ufff! lo que no le hubiera hecho a ese culito chiquito y rosadito. Bueno, ni modo, empacar y largarse será...

Ahora que me voy puedo ir a buscar a Isabelita, quién quita que esas teticas quieran algo bien rico ¿no?

Pensaba llevar mi glock pero el ruido llamaría mucho la atención, los gritos de la pelea no han terminado y seguro que todo el edificio está pendiente de algún grito diferente para llamar a la policía y tener permiso para chismosear a puerta abierta. Decidí subir por las escaleras con una de las navajas que me regaló el Charles el día de la vieja empalada, pobrecita ella. 

Toco la puerta y me abre un hombre de estatura media con lágrimas en la cara y los ojos rojos, tiene la vena brotada en la frente y el cuello, tiene una mirada de sorpresa y de cansancio, como si esperara que en algún punto los gritos, el llanto y la frustración de tener a quien amas al frente se esfumaran como por arte de magia, yo, que hoy hago mi papel de mago, lo empujo con la mano izquierda mientras saco la navaja con la derecha, cae al piso y antes de que la esposa pueda hacer el primer grito de ayuda o auxilio o sorpresa, me lanzo contra ella y de un tajo, hago un corte semiprofundo en su cuello, "mierda" pienso cuando veo salir el primer chorro de sangre contra mi camisa, yo que quería verme limpio para Isabelita. 

El hombre está en shock, no sabe cómo reaccionar y me ve caminar en su dirección mientras decido dónde dar la punzada, veo que tiene el pecho descubierto y sus manos no se mueven ¿Por qué será que los hombres que pelean con sus esposas son tan cobardes? Le apuñalo 3 veces en el pecho y entiendo porqué son sólo 3, la navaja pierde filo después del tercer lance. 

El silencio reina por fin en el edificio, camino intentando no pisar los charcos que se van formando entre dos cuerpos que se han quedado postrados mirándose fijamente mientras la vida se les va, todo muy romántico si me preguntan. 

Camino por el pasillo y el apartamento es exactamente igual al mío, sólo que lleno de fotos, de recuerdos, de ornamentos innecesarios para una vida de mierda como la que ellos llevaban ¿Cuánto habrá costado ese adorno de piedras de río que está sobre la mesa bajo el espejo con marco dorado? ¿Pensarán en él ahora mientras sienten un líquido caliente salir de sus cuerpos fríos? 

En la tercera puerta está el letrero con adornos "Isabela", no me gusta, creo que Isabelita suena mejor. Entro a la habitación y no está, busco pensando que se ha escondido en algún rincón y encuentro su ropa interior sucia, huele rico, como a virginidad con cocaína.

Ella no está en el apartamento, debió salir a algo y no debe de demorar, estoy seguro, igual tengo tiempo, pobre patrón que hoy lo van a matar y quizás grite mi nombre y el de Charles y el de su mujer y sepa que no está ninguno, que todos sabíamos lo que estaba pasando, pero ni modo, así son estos negocios, yo sé que algún día el Charles me llevará por una carretera de mierda cerca a algún río y me pegará mis tres puñaladas y me verá morir y lo veré vivir y en ese instante, quiero recordar el culo de Isabelita y sus teticas y sus gemidos y el olor de su cuerpo.

Decido esperar, ella no debe demorar, me siento en el sofá a espera del timbre o que se mueva la cerradura, ojalá no le incomoden los cuerpos de sus padres tirados ni el calor de esta ciudad de mierda ¡Agh! Odio los días de calor. 






sábado, 10 de abril de 2021

 Empezó cuando empecé a compartir apartamento con su hermana, una médica de clínica privada que terminó divorciándose cuando el esposo le propuso no trabajar más para cumplir su "rol de madre". La separación supuso perder el piso donde vivían, en un café del boulevard una amiga le contó del primo de una amiga que estaba buscando roomie y así terminó aquí. 

Con el pasar de los días nos hicimos amigos, ella me contó de su vida, de su perro llamado Oscar y su manía por dormir boca arriba, yo le conté de las fotos que estaban en una caja de zapatos mientras mirábamos llover en los días soleados. 

Un día me contó de su plan de visitar a su hermana y madre, ambas vivían en otro país, otro continente, de esos que estaban flotando sobre nuestras tierras y cuya fuerza de gravedad atraían a incautos y personas sin nada qué perder, después de perderlo todo. 

La acompañé a la grúa donde estaba el encargado, un joven de pelo negro lacio y la mirada puesta en otro lugar. Nos subimos junto a una pareja de novios que se miraban y besaban las manos, pensé en ella por un momento. La grúa empezó a moverse y ella me agradeció por acompañarla en ese viaje, pasamos unas estrellas y llegamos a la playa donde la esperaba su madre que no me reconoció. 

Dos meses después estaba sentado en la entrada de la grúa para bajar con ella, apareció con un vestido floreado y un sombrero de copa, sonreía. Al llegar me presentó a su hermana, una mujer de estatura mediana, con labios medianos y manos pequeñas, me miró y reconoció, aunque ya no éramos los mismos. Al parecer nunca pensamos que el otro del que contaba su hermana era yo y, que la hermana de la que me contaba, era ella. 

Ella notó la conexión y decidió sentarse sola en la grúa, la hermana se sentó al lado mío y la maquinaria empezó a descender: en el camino decidimos pararnos para bajar por los escalones como si fueran estrellas que se movían para recibir nuestros pies, pasó el sol y la luna mientras sentíamos descender nuestros cuerpos por una vía que iba al agua o a ningún lugar, no hablamos, nos mirábamos y recordamos aquella noche en el parque viendo a las chicas cantar canciones de los 90s, a los chicos siendo registrados por la policía, a la calle llena de gente de la calle esperando un momento para manifestar su existencia, recordamos sin nombrarlo los jugos en caja y los besos a la vuelta de la esquina, recordamos sin nombrar al dolor. 

De un momento a otro la grúa se detuvo, el suelo estaba ahí y bajamos en silencio, el chico de cabello lacio seguía manejando la grúa en nuestra tierra. Después de que ella bajó, detrás bajaron muchas ellas vestidas de muchas formas: la ella de vestido de gala, la de ropa para hacer aseo, la vestida para ir a bailar, la que tenía el cabello corto y la del cabello largo, la de la sonrisa triste y la del llanto fácil, la que estaba sentada en un paradero esperando la llegada de alguien y la que estaba sentada en una fiesta en una terraza en los 2000's, todas ellas bajaron como en una pasarela de los recuerdos que como todo proceso de memoria, estaba inundado de nostalgia, mentiras e ilusiones. 

Al final, la última en bajar fue una mujer que era ella sin serlo, era una figura en negro mate que ocultaba todo su ser, yo sabía que era ella, ella sabía que era ella, hasta el chico de la grúa sabía quién era, pero nadie lograba verla, como el fantasma oculto en el rincón de la habitación que nadie se digna a mirar fijamente. 

Un parpadeo después ella no estaba, su hermana arreglaba la maleta y se quitaba el sombrero de copa, me preguntaba en qué íbamos a ir a la casa mientras sonreía, la miraba fijamente y antes de lograr responder me desperté. 

Miré el celular, eran las 2:40am y llovía como ha llovido todos los años desde el día que Ciudad Solar se hundió en la tristeza, miré el rincón oscuro de la habitación y no había nadie, decepcionado me volví a dormir. 


domingo, 27 de enero de 2019

Casi conversación

-Hola hijo ¿Cómo te va?
-Bien madre ¿Y a vos?
-Bien hijo...

Silencio.

-¿Ya cenaste? ¿Te estás alimentando bien?
-Claro madre, todos los días me hago el almuerzo y desayuno, normalmente ceno por afuera.
-Ah, qué bueno...

Silencio.

-Madre
-Dime hijo
-Yo sé que no tenemos una buena relación, sé que siempre fuimos distantes y que la soledad de los dos nos mantuvo alejados por un vacío gigante. Pero también sé que te amo y que mucho de lo que soy es por vos, gracias a vos hoy soy una buena persona, perdón por todo lo malo y por no saber cómo acercarme más a vos.

Silencio.

-Hijo, gracias, también te amo y sabes que en mis brazos siempre encontrarás un hogar. Te amo.

La realidad es que nuestras conversaciones nunca superaron el segundo silencio, hasta hoy en día, no nos compartimos más de veinte palabras por conversación, si es que se le puede llamar así.

martes, 5 de diciembre de 2017

Veintitrés (a manera de conteo)

Uno: el hilo de luz amarilla  que entra por la persiana azul, da justo en el inicio de la pared, lo cual permite calcular la hora. Esteban lleva días encerrado en su habitación, sabe que la luz marca un poco más de las once de la mañana, con el tiempo, todos aprendemos a leer las paredes que nos rodean.
Suena el timbre y se para a abrir.

Sol, salió de casa una hora antes, se puso el vestido negro que siempre le ha gustado a Esteban, sin ropa interior para completar la indumentaria del coqueteo. Desde hace unos días él se ha encerrado en una de sus ya normales depresiones contemplativas. Ella ya ha acostumbrado a su corazón a esos días en los que la persona más inteligente y pasional que ha conocido se inserta en un sistema mecánico de comportamiento lineal, del cual, con el tiempo, termina saliendo con su mirada triste siempre posada en el trasero de ella cuando se baña justo después de amarse. Toca el timbre y el hombre alto y blanco del que se ha enamorado un par de años atrás abre la puerta.
La morena en vestido negro entra en la habitación y le besa la mejilla, él se deja llevar por la sensación de deseo que produce el olor de una mujer que está dispuesta a amar, le quita el vestido negro suavemente y ambos caen en el juego del amor mezclado con deseo y necesidad.

Dos: la delgada luz que entra por la persiana azul divide la pared en bandos iguales, el viento de Ciudad Solar se cuela por los espacios de la ventana y el balcón, los dos únicos espacios que han acercado al mundo de afuera con Esteban. 
Sol se levanta y ve los ojos tristes posarse en el trasero gordo, redondo y lleno de besos y caricias, se siente hermosa, deseada, amada, completa. Deja la puerta del baño abierta para que Esteban pueda verla ducharse como tanto le gusta a él, ella lo ve por medio del vidrio de la ducha y siente que él nunca será un recuerdo, gira para aplicar jabón en todo su cuerpo, le da la espalda mientras ofrece un  bamboleo del trasero al ritmo de una canción que no recuerda. 
Gira su cuerpo moreno de poca estatura y ve la cama vacía, su corazón se acelera.

Desde hace unos días las ideas se han vuelto pequeños escarabajos que caminan por las paredes de la habitación, algunos se esconden en huecos que la memoria hace mientras otras huyen por los espacios de la persiana. Sólo uno ha sido su compañero en las últimas horas, es un conteo progresivo de uno, dos, tres y se repite tantas veces sea necesario.
El olor de Sol en su cama le hace sentir pleno, lleno de la alegría que sólo se manifiesta en la morena que le hace ojos y movimientos sensuales desde la ducha. El conteo termina, se levanta desnudo de la cama, llega al balcón y ve a Ciudad Solar bombardeada de un sol amarillo implacable, unas nubes cubren las montañas, respira hondo y siente el aire golpear su cuerpo desnudo en el balcón del piso veintitrés, mientras Sol sale de la ducha y lo llama con voz nerviosa.

Tres: parado en el balcón, Esteban se lanza.

viernes, 12 de mayo de 2017

Sobre el día de la madre y el padre.

La paternidad y la maternidad no es algo que haya conocido de alguna forma, he estado ausente de muchas cosas en mi vida, desde mi nacimiento hasta la muerte de ella siempre estuve ausente, una ausencia que no se construye con las necesidades de la soledad, era una ausencia de pedido, de favor, de esas ausencias que devienen por la falta de querer compañía, de querer estar junto a esa persona, así era mi ausencia con mi madre y mi padre, así se conformó el espacio que llene con licor, cigarrillos una que otra mujer ocasional. 
No celebro el día de las madres ni del padre porque no me gusta celebrarme cosas y en muchos aspectos de mi vida (Quizás en los que ellos debían estar) yo cumplí el papel que le tocaba a alguien más para conmigo.

viernes, 5 de mayo de 2017

Aquel 5

Era un 5 de noviembre, festivo. En Cali los días festivos son como un caracol que intenta deslizarse sobre el desierto; lentos, dolorosos, olorosos, con calor, como si fuera el último día del fin del mundo.

Llevaba varios días en cama, su sala se había condicionado de tal forma que podía estar ahí acostada mientras el gotero mostraba que el líquido para quitar el dolor se iba agotando. Ella sonreía, lo que siempre amé de ella fue su capacidad de sonreír, a pesar de que la vida le cortó el camino muy temprano, ella seguía sonriendo. Esa tarde estuvimos escuchando la música que ella amaba, mientras su madre en la cocina jugaba a preparar el almuerzo mientras lloraba.

-Sabes, por estos días ya no siento nada, me dijo mientra mirábamos un cuadro de una mujer mirando por la baranda de un barco, mientras se ocultaba el sol en el horizonte. Hace tiempo sentía el dolor en la cabeza, ahí todo empezó, luego me dolía todo el cuerpo cuando estaba en quimio, después de la operación sólo sentía la cabeza muy pesada…pero ahora no siento nada, siento el cuerpo tan liviano, sé que quizás sea la morfina, pero cuando se acaba sigo sin sentir ningún peso.

Escucharla hablar era un regalo de esos que nunca olvidas. Le tomé la mano y le bese la frente, estaba fría. Su mirada tenía un brillo especial, como el de una niña que estaba a punto de subirse al carrusel después de pedirlo mil veces, era blanca, demasiado, como si nunca hubiera sido tocada por el sol.

Después de almorzar, dijo que tenía sueño, me abrazo, nos abrazamos,sentí su corazón latiendo suavemente en mi pecho, su cabeza reposada sobre mi hombro, por un momento no estábamos ahí, en una sala vuelta habitación de hospital, con batas y guantes, sonidos de diástoles y sístoles, con la inminente presencia de la muerte que se paseaba por todo lado donde se mirara, menos en ella, en sus ojos, en su mirada. Me dio un pequeño beso de despedida y su aliento era tibio.

Fue la última vez que la vi con vida, un par de horas después, cuando su madre quiso despertarla de la siesta, ella no respondió. Su madre se sentó en el suelo al lado de ella y se quedó ahí, inmóvil, llorando por horas, hasta que el padre llegó y vio la escena que esperaba encontrar todos los días.

Mi mejor amigo me fue a buscar, me encontró sentado en el suelo, al lado de la cama que no había tocado en días, quizás semanas, estaba llorando, algo en mí sabía lo que había pasado, algo en mi había muerto ese día.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Sin título

Anoche, mientras viajaba en el autobús desde el lugar donde enseño, en Spotify empezó a sonar una canción llamada The Mighty Rio Grande de This Will Destroy You. Para los que no la conocen, es un instrumental de 11 minutos que tiene dos crescendos, me dejé llevar por ella.

Justo cuando estaba en el punto máximo del primer crescendo, el bus tomó un pequeño túnel donde se intercepta con el carril opuesto donde venía otro bus, misma ruta, destino contrario. El chófer del bus en el que iba había entrado mal al túnel y estaba invadiendo una parte del otro, así que un accidente podía ocurrir, pero el chófer logró enderezar su ruta y se evitó. 

Muchas veces pasan cosas como esas en las que la vida pende de un hilo, de un pequeño error, de un parpadeo, de una respiración que se hace a medias en el momento preciso y nos lleva a la muerte. Es normal tener miedo a la muerte, pero anoche, mientras esa canción subía y subía en sus tonadas, sentí que pude ver con mis sentidos lo bello de la vida, no estoy hablando de una regresión momentánea que me mostró lo que he vivido, no, hablo de haber sentido lo bello de lo que me rodeaba en ese instante; la pareja de amigas que hablaban de sus clases en un lugar donde enseñan a ser paramédicos, de la chica sola de blusa salmón que miraba el celular esperando una respuesta desde el otro lado, del chófer que acababa de corregir un pequeño error en su trabajo, de los chicos que estaban fumando marihuana bajo uno de los dos árboles de metal que hay en la ciudad, de los locales que al otro lado estaban cerrando después de un día entero de tatuar, vender licor y lavar ropa ajena, del chico que se reflejaba en la ventana de al lado con ojeras y una expresión seria y relajada al mismo tiempo. 

Y no sentí miedo de morir. 

No significa que quisiera morir, sólo sentí que si moría en ese instante, no habría nada malo en ello, sentí que mi vida era bella así tal como se presentaba y que morir alrededor de cosas tan bellas como las vidas que me rodeaban, no era malo, era un buen final. 

Al salir del túnel, el autobús paró en una estación, nadie además del chófer y yo nos habíamos percatado que la vida de muchos estuvo en juego por unos pocos centímetros. Empezó el segundo crescendo de la canción y la ruta continuó.

Me dejé llevar por la canción de nuevo.

martes, 14 de junio de 2016

Volver

Existe una constante en el cine actual, todas las películas recurren a la nostalgia para vender una nueva función. La última que llegará, será una secuela del Día de la Independencia. Mirando mi situación actual quise recordar cómo la primer película con tal título llegó a ser la película que más he visto en mi vida. 

Era sábado o eso recuerdo, mi padre estuvo en la casa toda la semana, lo cual era una especie de premio por haber ganado el colegio, tenía unos 7 años y el segundo grado había sido terrible, primero por el niño que rompió su nariz en mi mano, cuando intentó hacer una broma con el apellido que mi madre me había puesto. Después por los castigos del colegio laico con comportamiento católico que insistía en castigarme por jugar a incendiar el salón. 
Mi padre, me sacó del colegio, me llevó por lugares donde quizás nunca vuelva, para luego llevarme a un colegio, ahora sí, católico, donde al parecer me formé como la casi persona que hoy escribe. 

Gané el año, a pesar de haber llegado tarde, no fui el mejor del salón a pesar de ser seis meses mayor que el resto. Eso, en aquellos años, no importaba.

El sábado en la mañana llegó mi padre con una caja, su historia, era más o menos así.

"Caminaba por los lados de la avenida séptima, acá cerca, cuando un señor en un bus de esos de Expreso Brasilia, se detuvo para preguntarme por una dirección que te puedo jurar, nunca había escuchado. Yo me hice como el que sabía y lo mandé por los lados de Pan Norte, quizás se pierda, es lo más seguro, pero ni modo. Lo chistoso, es que el señor todo agradecido me pasa una caja ¡Así, Cómo si nada! Y usted sabe bien que no soy hombre que ande recibiendo cosas en la calle, así que primero me hice de rogar, hasta que él me mostró lo que había ¡Nada más y nada menos que 23 películas de Día de la Independencia! Mijo, usted sabe lo complicado qué es conseguir esta película en esta ciudad".

En el momento no entendí la gracia de tener 23 películas de lo mismo, de una película que estuvo en cine hace upa, que nadie había visto en años, que estaba en Blockbuster de la sexta. Pusimos la videograbadora mientras mi padre me contaba lo bueno que era conocer gente de esa, que era agradecida aún con el que no les hacía ningún favor, yo pensaba que él señor del bus nunca supo que mi padre le había dado falsas indicaciones, pero no quería quitarle su pequeña victoria después de una semana de estar ahí, solo, conmigo. 

Dos días después, y faltando 21 películas del Día de la Independencia por verse, él fue llamado al deber y regresamos a la rutina de nuestra vida, las visitas cotidianas un par de noches a la semana en las que el whisky y Pink Floyd calentaban la casa. 

Cuando tenía unos 9 años, mi padre volvió una noche sin avisar, fue sorpresivo pero agradable, esa noche no hubo whisky ni música de otros años. Me pidió que lo acompañara a ver las 21 películas faltantes. 

El insomnio nunca ha sido un evento extraño en mi familia, ese día nos quedamos despiertos mientras Will Smith soltaba su paracaídas para nublar la visión del alien que luego moriría intentando estallar la cabeza del presidente. Seguimos despiertos después de ver por cuarta vez que todo el mundo huía de Washington mientras un judío y su hijo con problemas de celos intentaba salvar a la humanidad. 

En la mañana desayunamos huevos revueltos mientras una muchedumbre de noventeros con pancartas estúpidas le daban la bienvenida a los aliens desde un edificio pronto a explotar.

No sé el tiempo que nos tomó ver las 21 películas, hablamos muy poco, dormimos menos, comimos comida a domicilio y otra hecha en casa, comimos sunday original de Dary pedido por teléfono, agotamos nuestros ojos como si aquella película fuera lo primero que un ciego de 60 años hubiera llegado a ver. 

Después de eso, él se tuvo que ir, llamado de nuevo a cumplir con sus labores. Nunca más lo volví a ver.

A los 9 días llegó su hermana a contarme sobre el proceso fúnebre, duré más de 5 años en volver a ver aquella película, aún conservo los 23 VHS con la misma película, sin rebobinar, acumulando el polvo de mis memorias. 

En una semana iré a cine, compraré crispetas dulces como a él le gustaban, me sentaré en un puesto sin nadie a mi lado, y justo antes de empezar, cerraré los ojos e imaginaré su rostro 16 años más viejo, sonriendo ante la posibilidad de imaginar que el chofer de algún bus, le regale 23 DVD's del Día de la Independencia. 


jueves, 11 de febrero de 2016

Después de 6 años


Te cuento que después de volver de Bogotá, me senté afuera de una biblioteca y hablé de vos con alguien que ya no está. Siempre decías que tengo el vicio de estar con lo que no estará. Después de eso me mudé, cambie el color de la sombra y aunque con el tiempo intenté andar del color que siempre viste en mí, con los días una mujer me lo arrebató y lo escondió en sus ojos. Lo usó como mezcla, ya que era rubia y con mi azul, sus ojos se convirtieron en verde. Después de descolorarme se fue a dejar un poquito de mí en otros.


Con el paso de los días empecé a olvidar cosas, muchas de ellas relacionadas con mi padre, con mi niñez, con los amigos que estaban lejos, olvidé hasta la vida de "Muelitas" el niño abusón del colegio. Todo ha cambiado tanto que ahora se dice matoneo a lo que usted conoció como charla casual.
Nunca pude olvidarla, ni siquiera su olor, que de vez en cuando busco entre las mujeres erguidas y orgullosas que caminan por esta ciudad caliente, usted sabe que son muy pocas esas mujeres. Entonces empecé a aplicar sus dichos, sus palabras, sus ideas, hasta cierto momento me volví mordaz con los otros cada vez que intentaban acercarse. De usted, aprendí a lastimar con más fuerza a medida que más se acerca.


De los cactus que usted conoció no queda ninguno, todo se ha ido muerto, pero usted sabe de eso tanto como yo. De hecho, después de usted se fueron esas personas que podían llegar a mí, sin quererlo, la naturaleza se encargo de ir dejando mi corazón como un castillo olvidado, con sus murallas altas y levantadas pero completamente vacío.
Mi intención no es culparla, es contarme, pensando en usted, qué tan mal me ha ido.
Mi vida se ha vuelto una habitación llena de macetas vacías, sin tierra, sin agua, sin vida. Hace unos meses recordé al padre Gómez , el señor calvo y alto que hizo los procesos mortuorios de tus hijos. Usted siempre dijo que si no fuera porque mi abuelo era la brisa del mar en la noche, se habría casado con el padre Gómez. Él siempre decía que todos eramos polvo, pero se equivocaba. Somos barro. Somos 70% agua y el resto es tierra. Por eso he empezado a llenar las macetas con algo de mi tierra, cada día soy menos alto, menos guapo, menos inteligente, menos audaz, menos alegre, más blue.


Todo es a propósito, con la intención que al morir, cuando metan los restos de mi cuerpo en una caja, busquen las materas que estarán llenas de tristezas, de sueños, de esperanzas, del sonido del teléfono que nunca volvió a sonar, llenas con los aretes que te quitabas sólo cuando ibas a tomar café, con las canciones que mi abuelo cantaba en la terraza, con las manos que tantas vidas acariciaron, hasta el último día que acariciaron mi corazón. Y con esa tierra, puedan guardarme ahí, al lado de usted.


La verdad no quería escribir esto, pero lo hago porque me pasé todo el día sonriendo y haciendo chistes, aguantando toda la mierda que los días siempre mandan. Soportando los sarcasmos que no son los tuyos, los chistes pesados sobre mí que no salen de usted, los insultos que quizás me debiste decir, en vez de mirarme con esa mirada de ojos multicolores que siempre tenías en las tardes cuando el sol amenazaba con incendiarlo todo, mientras susurrabas con una voz alegre y melancólica "mi pequeño Blue".

jueves, 18 de junio de 2015

La mujer que voló al norte

Hoy desperté con una resaca producto de tantos días sobrio. Recordé que soñé con tu piel y tus manos, con tus cabellos volando por el aire de un camino por el cual cruce cuando niño, cuando jugaba al gran explorador y pasaba horas "explorando" un camino al lado de ese río, que pasa por tu ciudad y que quizás, nunca has visto más allá de la lejana comodidad de un puente. 

Me levante un poco mareado, mi boca extrañaba el sabor de tus besos o del licor, lo que al final, viene siendo lo mismo. 
Entré a la ducha buscando algo de confort y una parte del sueño vino a mi mente, en el, tus piernas delgadas se perdían entre un bosque de árboles de bambú, el viento inundaba mi alma y en medio de un callejón con olor a orina, mierda, flores y cerveza, me sentaba a llorar. 

Salí para el laburo y en medio de un predio baldío, una rata muerta me hizo pensar en la última vez que estuviste en esta ciudad que huele a lo que huele todo Latinoamérica; a mierda, flores, cerveza y orina. Recordé tu sonrisa que regalabas muy de vez en cuando por entre los mechones rojos que cruzan tu rostro como una ruta que trasgrede un paisaje, pero que a la vez, lo hace más hermoso.

Recordé que ese día no era de día, sino de noche, y que fue la última vez que te vi, porque al día siguiente te fuiste, por ahí, volando, después de contar que la distancia no es ausencia, después de asegurarme que volverías, aunque en tu mirada partida se veía que no lo harías, después de contarme que soñaste con un ave que te pidió que volaras.


Me senté en el metro, miré por la ventana un grupo de aves que volaban al norte, tal como lo hiciste. Te imaginé como un flamenco con sus piernas largas y delgadas, posando en muchos lagos llenos de seres vivos, esos seres que tanto te gustan, te imaginé en mil lugares y recordé que en el sueño, te ibas volando, como una garza, mientras yo me posaba en el suelo con una roca preciosa que conseguí en el camino al lado del río para ti, al parecer, en el mundo de las aves, soy un pingüino.

viernes, 15 de mayo de 2015

El almuerzo

-¡Graciela! Grita Alicia mientras se asoma por el portón de la casa, -¡Aquí estoy! Responde Graciela desde el patio, donde ha estado toda la mañana intentando arrancar la mugre de la grasa que se le queda en la ropa a Gilberto.

Alicia entra con confianza a la casa, la ha visitado más de una vez, son vecinas desde hace 15 años y, en el caso de Graciela, es amante del marido de Alicia desde hace 12.

-Mija ¿Qué estás cocinando que huele tan rico? Dice Alicia mientras entra a la cocina, un poco desviada de su camino, "Ah! Ya veo, son blanquillos"; exclama mientras levanta la tapa de la olla donde estos se encuentran.
-Sí mija, hoy le hice blanquillos a la niña, Dice Graciela pensando en la grasa de la camisa hace unos años blanca de su hace muchos años más, mal marido. 

"Bueno mija, no te molesto más"; dice Alicia mientras emprende camino a la salida.
Graciela sigue luchando contra la grasa.

Al medio día, Silvana, la hija de Graciela entró por el portón saltando en un pie,como si estuviera jugando una rayuela imaginaria que se movía sobre el concreto a medida que Silvana avanzaba.

-¡Amá! ¿Qué hay de almuerzo? Grita Silvana dejando el maletín sobre la cama y buscando el olor de comida en la cocina. En este punto, Graciela que ahora ve en el noticiero, cómo un grupo de hinchas de fútbol violaron a un par de mujeres que al parecer, trabajaban en un almacén donde se vende ropa deportiva, no se había percatado de la visita de Alicia a su cocina.
-Mija, ahí hay blanquillos; dice Graciela pensando en Carlitos, el niño que ahora tiene tatuado el escudo del equipo de la ciudad en el pecho que vive mostrando cuando anda por la calle sin camisa. 

Cuando silvana se dispone a servir un plato lleno de blanquillos, su plato preferido después de la carne asada, siente que su madre llega de improvisto a la cocina, le quita el plato y devuelve los blanquillos a la olla, -Dejá ahí mijita que te voy a preparar un buen pedazo de carne asada, esos blanquillos mejor para más tarde ¿sí? Dice la madre con cara de preocupada que no espera respuesta de la hija para sacarla de la cocina.

Nadie comió blanquillos.

Llegando el final de la tarde, Graciela llama a Silvana y le muestra, como, dentro de la olla de los blanquillos, ahora residen unos gusanos blancos de unos diez centímetros, que se mueven lentamente sobre el guiso, todos tiene de cabeza el blanquillo  que hasta hace unas horas, era el almuerzo familiar.

lunes, 13 de abril de 2015

Los mensajeros de Dios

Anoche salí con los voluntarios de la Fundación Los mensajeros de Dios, quienes trabajan alimentando a los habitantes de las calles de Cali. 
A eso de las nueve de la noche, nos subimos unas diez personas, entre ellos los dos ancianos fundadores de éste lugar caritativo, a una minivan que nos llevó por entre las calles del centro de Cali. Calles que se encuentran ubicadas entre la nada, donde la basura pulula como si saliera de cada pared que resguarda estos pasadizos secretos para casi dos millones de habitantes de caleños* 

Nos bajamos en una esquina, ahí, era quizás el único lugar donde aún la lampara de la calle funcionaba, de resto se veían sombras caminas entre la oscuridad, sombras que se identificaban por el bazuco prendido y el humo que expulsaban. 

La anciana fundadora, me pidió que llevara unas cajas de icopor** con lentejas, muslos de pollo y arroz a cada persona que encontrara. Terminé regalando unas 20 cajas mientras mis acompañantes hacían lo mismo. 
Diez minutos después de llegar, casi unas cien personas estaban comiendo la cena que trajimos. Algunos no quisieron recibir, otros estaban casi inconscientes y no respondían a ningún estímulo. Entre los beneficiarios estaba una mujer indígena, de unos veinte años pensé, hasta que me contó que tenía catorce, que estaba ahí desde los 10 y que no recuerda de dónde venía. Me contó que tuvo un marido pero no ha aparecido desde hace varios meses, que le ha tocado salir a mendigar para tener donde dormir y que la comida que le estaba dando, era la primera que probaba desde hace dos días. 

Después de entregar la totalidad de las cajas, el anciano fundador nos pidió volver al auto; me despedí de la mujer y empecé a caminar, se acercó la anciana y mientras caminábamos por las calles oscuras inundadas a un olor entre bazuco y mierda, me contaba que esta labor la hacen una vez al mes, que a la indígena nunca la había visto, que la norma es que uno nunca se vuelve a encontrar con los mismos habitantes, que siempre son nuevas personas las que llenan la calle, que todos cuentan la misma historia y que debería tener cuidado. 

Abrumado subí al auto y abrumado llegué a mi casa. No pude dormir. 

Al medio día, mientras caminaba entre mi casa y la universidad, escuché una noticia sobre unos habitantes de la calle que amanecieron muertos en el centro de Cali, antes de entrar en pánico por las razones obvias, mi corazón entro en calma, por algo que aún no puedo explicar. 

Llegué a la universidad, les escribí a la fundación pidiendo ser voluntario para el próximo mes. 





*Caleño: Gentilicio de los habitantes de Cali, Ciudad del occidente de Colombia
**Icopor: Poliestireno expandido, es conocido con un nombre diferente en cada país. 

viernes, 16 de enero de 2015

Sobre las personas que miran al sur

Me despertó el ruido de la calle, saqué mi rostro por la ventana del hotel y vi como la calle estaba llena de personas caminando, mire el reloj y eran las dos de la mañana, pensé que quizás se había equivocado y era más temprano, quizás que fuera sábado influía un poco en la asistencia masiva a la calle. De un momento a otro se hizo el silencio, las personas se detuvieron como robots que reciben la orden de parar.

Me puse un pantalón y la chaqueta negra que me regalo Luis la última noche que estuve con él, mientras lo miraba caminar desnudo por la habitación del hotel donde los pilotos debemos quedarnos, no muy cerca del aeropuerto, pero tampoco tan lejos, sentí nostalgia por Luis y acaricié la chaqueta como lo hice con su rostro al despedirnos. En el lobby del hotel no había nadie, el botones que siempre estaba pendiente de ofrecer sus servicios como jíbaro estaba ausente, me sentí extraño en un lugar tan grande, de columnas amplias y salones largos, con pasillos donde siempre se escuchaba el sonar de tacones. Todo está en silencio. 

Salgo a la calle y encuentro a las personas estáticas mirando al sur de la calle, miro y no veo nada, pienso que debe ser un mal sueño. Busco entro los humanos-estatuas a alguien conocido pero todos me son extraños, como si no pudiera encontrar en ellos a una sola persona, como si fueran reflejos de una pared. Empiezo a sentir que todo es real y a la vez familiar, como si ya hubiera estado ahí, como si no fuera mi primera vez con personas heladas y estáticas que sólo miran al mismo lugar sin moverse, sin ser. Luego recuerdo a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros del colegio y empiezo a notar una similitud; todos los que me han rodeado con el tiempo han terminado así, como estatuas que miran un horizonte que se les hace lejano, imposible. Siento un frío intenso y me abrazo a la chaqueta que el desnudo Luis me dio una noche antes de despedirnos, mientras el aire caliente nos sofocaba ¡El maldito Luis me dio una chaqueta en verano! y Aun así, ahora, mientras me abrazo a ella y encuentro un rastro del olor de él, siento frío. 

Cierro los ojos y el aire hiela mi piel, siento como el frío se va metiendo por mis huesos y la soledad se vuelve tan tangible que mi lengua la saborea. Me levanto e intento correr dentro del hotel pero la puerta está cerrada ¡Quién mierdas la cerró! Busco en la calle algún lugar abierto y todo está cerrado, las personas siguen ahí, de pie, sin moverse, sólo respiran y quizás sea eso lo que más me asusta de ellos, intento no tocarlos, no despertarlos de su trance. El desespero empieza a aumentar y mis pies se sienten cansados, me desespero y grito, grito como nunca he gritado en mi vida y nadie escucha, nadie se mueve, el viento aumenta y sin darme cuenta me encuentro mirando el sur, el sur se vuelve tentador pero lejano, como un abrazo escrito por correo, como un buen deseo de alguien lejano, como un "te amo" que se dice por teléfono. El frío desaparece y mi cuerpo se detiene, la mirada se pierde mientras mis pensamientos se opacan, lo último que hago antes de detenerme es en pensar ¿Cómo llegué aquí?

Abro los ojos mientras mi cuerpo nada en sudor, a mi lado duerme Luis con su culo al aire, en la silla está la chaqueta que me ha regalado, creo que me quedaré un día más con él.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Noviembre V

Sucedió que la puerta sonó con fuerza por la partida de los labios que un momento antes dijeron adiós, adiós que dieron antes de un beso triste y sin amor.
El silencio se hizo dueño de la habitación mientras el ruido de vendedoras de salpicón llenaba la calle colorida de la vieja ciudad. La depresión ya era una constante en su cuerpo y la confirmación de la ausencia de la mujer que hasta hace 2 minutos era su amor, lo impulsó a la muerte. 

Mientras en la calle suena un vallenato de Diomedez Díaz, decide la columna más resistente de la casa, camina a ella y cuelga la correa que le regaló la mujer que ya partió, la ajustó a su cuello y dejó ir el soporte que lo sostenía en la vida.
Pasaron los 30 segundos donde la vida debería empezar a irse, recordó los estudios en la escuela de detectives y todos los casos de gente suicida que al final no lograba su cometido como lo pensaba, recordó al tipo que se cortó las venas y luego se ahorcó desesperado por la lentitud de la muerte desangrado, pero la sangre derramada sobre la habitación del hotel no era justo con la mujer mulata de la limpieza que le había sonreído la noche anterior.
Sentía un cosquilleo en las manos y los pies se volvían pesados, pensó que era su sangre acumulándose en las extremidades sin poder circular bien, sentía como su cuerpo reaccionaba a la muerte y ya iban 50 segundos de estar en el aire con el cuello sostenido por el cuero del cinturón.

Pero resultó que el cinturón no era tan bueno como lo pensaba, o quizás su cuerpo pesaba más de lo que él creía, quizás la tristeza se había vuelto un peso físico tan grande que a los 58 segundos exactos el cinturón determinó que ese día no era el día de la muerte, que  por el tiempo que durara en imaginar una nueva forma de morir, la vida continuaba. 

Cayó al suelo con los ojos rojos y el aire entrando con violencia a los pulmones produciendo un ataque de tos. Al minuto de estar tosiendo en el suelo pensando en lo patético de la situación, tomó la decisión de salir a caminar la ciudad de las playas más costosas de su país. 
Con los pasos perdidos entre restaurantes y prostitutas, terminó por encontrar a una mujer que andaba tan perdida como él, tan sola como él, tan necesitada de amor como él. No dudaron en estar juntos, y así, hacer valer su existencia por un día más. 

Dos días después se despidieron mientras ella volvía a Ciudad Solar a buscar a la familia que había dejado atrás, él continuaba con su viaje a través de sí mismo para encontrarse al final de sus días con una bala que quizás desde niño siempre buscaba.

Y sucede que él piensa en aquella noche de febrero, justo 9 meses antes de que naciera quién con 3 años de edad, está sentado frente a él, con los ojos rojos llenos de lágrimas y la mirada perdida en la ira del no saber que en ese instante sin querer y sin pedirlo, acababa de ganar un padre.