jueves, 11 de noviembre de 2021

Los días raros

 La luz del sol entró por la ventana del vecino del piso 10, estaba inquieto desde que despertó a las 3:12 de la mañana de un salto y entre lágrimas, no logró volver a dormir a pesar de querer hacerlo. 

Los días apacibles cambian con el ritmo de la música de la vecina del piso 8, la cual pone canciones de hace 60 años y las canta a todo pulmón mientras recuerda los días de su juventud y la posibilidad que tuvo de ser cantante famosa, así como la Rocío o el Gabriel. Pero ella no lo logró por estar pendiente de un novio que le juró amor eterno y por el cual evitó acercarse mucho al productor ese de los pelos rizados que todos decían que era como el rey midas. A la media hora cambia de género musical por estar añorando sus días de juventud y sentirse vieja al verse reflejada en el espejo del pasillo que le regaló la exesposa del hermano que se suicidó hace ya 30 años

La palmera que queda justo frente a la ventana de la habitación principal del piso 5 se mueve levemente mientras el aire frío producto de la montaña, el mar y una falla geológica que a nadie le importa entra por la cortina que sólo cierra las noches que va a tener sexo con su esposa, noches cada vez más lejanas. El vecino está sentado en la cama mirando como las aves pequeñas se posan sobre las hojas de la palma que hace un tiempo el quiso cortar por miedo a que le dañara su ventana. O eso fue lo que le dijo a la junta de vecinos, cuando la verdad es que la sombra de las hojas de la palma en la noche, le recuerda la silueta de la mujer que siempre amó y que ahora no sabe dónde está, aunque la ha buscado en Facebook y en Instagram y hasta en LinkedIn, pero nada. Mira la hora y le escribe un mensaje a su esposa que está mercando algo para la cena especial que preparan para algunos vecinos del edificio. 

El vecino del piso 10 siente las manos más frías de lo normal mientras se toma un café que dejó preparado el hombre que lo ha acompañado en los últimos 15 años. Piensa en su sueño, en el cual estaba sentado en el borde de una calle llena de autos de una época que él nunca conoció pero de la que ha visto bastante en las películas que le gustan a su pareja. Sentado miraba la sonrisa de un niño que era muy similar a aquel amigo de infancia con el que experimentó por primera vez lo que era la sexualidad en la sala de la casa de la tía de su amigo que quizás ya ha muerto, porque en aquella época estaba calva y sólo al crecer pudo entender que aquello era cáncer.  

Piensa en las historias que se contaban en el escondite privado que tenían entre los árboles del parque cerca a la casa. Recuerda el olor del aliento de aquel chico tímido que lo besaba apretando los labios, se toca los suyos y siente una leve y triste erección al pensar en aquel niño. 

La vecina del piso 7 se está vistiendo, aunque aún no ha decidido qué ponerse, ya que esta noche tendrá una cita con Camilo, el chico de manos largas y pies pequeños que conoció cuando aún estaba estudiando para enfermera en el instituto donde terminó embarazada de un profesor con ojos grandes y labios gruesos, el cual terminó huyendo de ella, del bebé, del instituto y de las clases como si fuera un niño saliendo a vacaciones de verano de la escuela. 

Lo último que supo de él, es que estaba viviendo con una niña de 16 años y hace cuentas para saber que quizás esa niña tenga más de 30 y él lleve más de una década muerto. Se siente insegura al ver su abdomen flácido y pálido que muestra las luchas de una mujer por sostener un bebé que llegó y se fue, como todo lo que ha tenido, como sucederá con aquel chico de pies pequeños que está segura que la  busca pensando que tiene dinero, como si el dinero solucionara algo en la vida. Se mide un vestido de flores que le regaló su hija en la última navidad como un último intento de subir esa autoestima que dicen los del internet que uno debe tener alto y sentirse orgullosa de sí misma, pero ella se ve y no logra encontrar el autoestima en ningún lugar. Toma el celular y cancela la cita. 

El teléfono suena varias veces y ella entiende que la están llamando, mira el nombre de su padre y decide no responder, no está para sus dramas y tristezas ahora, ya tiene los propios que se van acumulando como se acumula la papada que crece cada día. 

Está mirando una serie en Netflix y aunque no le ha gustado no puede dejar de verla, primero porque quiere tuitear sobre ella y segundo, porque ha estado intentando recordar qué es lo que la hace tan familiar consigo misma y cuando ve dos chicos irrumpir en una casa que no es la de ellos, recuerda aquella noche en la que el grupo de chicos de 14 años entró en aquella casa que por temas de narcotráfico unos vecinos dejaron abandonada de un día a otro. Recuerda que eran muy grandes para ser inocentes y muy inocentes para saber que lo eran. Sonríe por aquella travesura de jóvenes sin futuro de aquella generación y pierde la mueca cuando recuerda que la mitad más uno ya han muerto o peor, están como ella, con unas vidas más aburridas que la tonta serie que sigue viendo. El teléfono vuelve a sonar y cuando lo mira suena un ruido seco en el exterior que la hace brincar del sofá. 

El vecino del piso 10 sigue pensando en su niñez y mientras está mirando por el balcón unos pájaros que van en picada, quizás a las palmas que están creciendo sin pausa, ve pasar una sombra más rápida que las aves. La vecina del piso 8 no se enteró de lo sucedido por estar viendo su único casete que logró publicar con sus 4 demos. El vecino del piso 5 se estaba masturbando en la cama mientras imaginaba a la mujer palmera que amó hace tanto tiempo, que su rostro y cuerpo se han perdido en la memoria, dejando sólo trozos de una mujer que de no ser porque se la encuentra de casualidad en el festival de Ciudad Sola, no podría decir que en verdad existió. Un movimiento brusco de la palma le hizo levantarse semidesnudo de la cama. 

Los días raros llegan sin avisar a nadie, aunque todos lo esperaban con las ansias que tienen dos enamorados cuando se darán el primer beso. El aire de la ciudad es algo que siempre le gustó al vecino del piso 3, por eso suele subir a la parte más alta a sentirlo, aunque la mayoría de Ciudad Solar no sea más que edificaciones que hace muchos años eran blancas y que ahora tienen un gris crema opaco que produce tristeza y algo de asco. Se mira los zapatos que le regalaron cuando cumplió años hace ocho meses y recuerda aquella noche mientras en aplausos desanimados algunos le deseaban muchos años más, ella, la ella que siempre ha importado y que ahora ya no importa tanto, le miraba con los ojos que mira una madre a su hijo cuando sabe que no tiene regalo de navidad para él, cuando sabe que lo decepcionará de alguna manera por motivos tan insulsos y pasajeros como un simple regalo. Él supo reconocer la mirada porque su madre nunca lo miró, así que la experiencia por ausencia lo volvió un experto en reconocer la decepción en los demás. 

"Muchos años más" decía la canción. El vecino del piso 3 salta al vacío.

Silencio. 


La vecina del piso 2 saca su cabeza por la ventana buscando la causa del ruido seco de hace un momento y ve el cuerpo de aquel hombre callado con ojos azules y mirada perdida en un punto lejano, estrellado contra el pavimento, nota que no tiene zapatos y antes de poder procesar toda la información grita, grita tan fuerte que desaparecen los sueños de cantante del piso 8, los temores de sí misma del piso 7 y las erecciones del piso 5 y 10. 

Seis horas después de ser recogido el cuerpo, la vecina del piso 2 responde al teléfono cuando es la llamada dramática de un hombre que en algún momento no volverá a ver, tal como sus amigos de los 14 años. En el piso 5 un hombre se sienta y le dice a su esposa que el amor que se sintió hace un tiempo ha caído por la ventana. En el piso 7 llaman y reprograman una cita para la noche, en el piso 8, una mujer se inscribe en clases de canto, en el piso 10 un hombre decide contarle a su pareja sobre su primera vez siendo él mismo y lo bello que fue para aquel niño. 

El teléfono de la mujer que compró unos zapatos hace ocho meses, está apagado. 








lunes, 12 de julio de 2021

3:40am

"Eras una figura hecha sombra en la oscuridad. Estabas de pie en una esquina, tenías falda de color lila y una blusa animal print, al frente estaba el puente o un puente, no fumabas el cigarrillo que se quemaba en la mano. Me acerqué pensando que aquel lugar era peligroso para los dos; algunas luces de algunos autos que pasaban lejos de ahí dejaban ver partes de tu cuerpo, veía con mis gafas y vos no eras vos, por lo menos no la que recordaba, eras la que sos ahora, no la que fuiste la última vez que te vi. 

-Todo está bien, dijiste mirando mi rostro sin afeitar. 

- Tengo miedo del peligro, te decía mirando tus labios sin labial. 

Caminamos por calles empedradas que se desfiguran con el pasar de la noche, no habían estrellas y se sentía un vacío en el estómago. Vos estabas hermosa con tu sonrisa de cuando guardabas un beso como secreto en medio del pasillo de la casa de tus padres, en aquellas tardes de verano en una Ciudad Solar que aún no conocía la lluvia. Sin darnos cuenta caíamos de nuevo en la vía con el puente, donde los autos pasaban como olas de mar que golpeaban con el viento y el sabor a aire con sal caía sobre nuestra cabeza descubierta. 

No era necesario hablar porque con la mirada ambos sabíamos que era un sueño, que nada era real, ni mis caricias a tu cabello delgado, ni tus besos que cerraban con una mordida al final.

- ¿Recuerdas lo que leí hace años? sobre que las mujeres que muerden al besar destrozan los corazones, decías casi como un susurro, como si te hablaras a vos misma sobre mis recuerdos, porque al final de todo, tus recuerdos son los míos, los que olvidé mientras veía pasar la lluvia y el sol. 

Estábamos afuera del barrio viejo, el camino era empinado, lo suficiente para no ver lo que estaba al final, mis pies temblaban del frío mientras los viejos amigos pasaban por el frente celebrando el final de una batalla que nunca empezó. Me tomaste de la mano y me llevaste por esa loma llena de huecos e historias que conocía y nunca te pude contar.  

Sonó un estruendo y los ancianos salieron de sus casas viejas a ver fuegos pirotécnicos, celebraban mientras las casas nuevas, modernas y con nombres llamativos se desmoronaban. Las casas viejas se sacudían como un perro y todo lo que era nuevo cayó como escombros que ya nadie volverá a usar, tus manos sudadas casi se sueltan y supe que todo iba a terminar. 

Tu falda lila empezó a bajar con mis manos apoyando tus piernas, olías como siempre creí que olías. En el cielo hay estrellas, las vi por medio de tus ojos no tan negros, no tan verdes. Sentía que me perdía mientras las calles se llenaban de voces celebrando una libertad que nada tiene que ver con nosotros, porque el mundo de afuera nunca entendió que no había nada qué entender. 

-¿Te volveré a ver? Pregunté como un niño esperando que su primera profesora le asegure que se volverán a encontrar cuando ambos regresen a estudiar. 

Guardaste silencio y me miraste como quien mira algo extraño que nunca conoció y que no existe, porque para existir es necesario que vos lo inventes. Tus labios se abrieron para respon..."

-El mensaje superó la extensión permitida, pulse 1 para guardar, 2 para borrar, 3 para intentarlo de nuevo.

3:43am me dice el reloj del celular, pulso 2. 

lunes, 21 de junio de 2021

Instinto

 I

No sé cómo llegue aquí. 

Las manos llenas de tierra, la boca con sabor a hierro, sé lo que sucede. Parezco un hombre en medio de un descampado, al fondo se ven luces de casas oscuras, debo estar en un lugar alejado, se escucha lejano el pasar de autos a alta velocidad rompiendo el aire ¿Cómo llegué aquí? 

El aire es frío, entra con dificultad a mi cuerpo y sale con demasiada facilidad, me siento agitado y escupo lo que supongo debe ser sangre que no para de brotar ¿De dónde? me reviso la dentadura, hay varios dientes rotos, pero no duelen. 

Doy el primer paso y me duelen las costillas, con el segundo mi cabeza retumba, me duele todo, no veo nada bien. Empiezo a caminar en contra de mi voluntad, desearía estar acostado en una cama caliente, arropado hasta el cuello esperando que mi respiración se caliente ¿Tengo cama? ¿Tengo casa? 

El instinto es mi arma más fuerte, me decía alguien que ahora pasa como una sombra borrosa por un pasillo. Tengo sueño, pero no quiero dormir, estoy cansado, pero quiero caminar, me duelen los huesos y el frío los hace temblar ¿A dónde voy? ¿De dónde vengo? 

Llego hasta una casa de ladrillo construida en desorden, se ve que son habitantes pobres, pero por los vidrios en las ventanas puedo suponer que no son los más pobres de la zona ¿Dónde aprendí eso? toco con fuerza y después del cuarto intento veo una luz encenderse, un hombre barrigón se acerca en medio de sombras, asoma por la ventana, me ve de arriba a abajo y con una mueca de desaprobación se retira. Escucho la puerta, me abre. 

Es un tipo de casi dos metros de alto, con el pecho, las manos y los brazos peludos, las cejas con algunas canas y los labios gruesos cubiertos por un bigote mal cuidado, me siento indefenso y pequeño al lado de él. 

- No esperaba verte tan pronto - me dice mientras intento no toser por miedo a salpicarlo con sangre- supongo que te subestimé un poco, susurra mientras me ve con condescendencia. 

Silencio

Veo su mano del tamaño de mi rostro acercarse bruscamente y por un momento mi mente se va, regresa a las 6 horas anteriores donde hace un repaso de cada golpe recibido; entiendo el dolor de las costillas por las patadas y los dientes rotos por su puño, siento cuando me clavó un puñal en la pierna derecha y las 5 veces que perdí la consciencia mientras me ahorcaba, mi cuerpo reacciona a cada dolor recibido y antes de ser capturado de nuevo por las manos peludas que me han torturado, giro a un costado, con la mano sin dedos rotos alcanzo sus ojos y presiono con toda la fuerza que poseo, siento un puñal entrar en la costilla pero no importa, sus gritos me dan la fuerza necesaria para seguir presionando. Salta un ligero líquido de su mirada mientras el metal entra y sale sin hacerme el suficiente daño. 

Las puñaladas terminan, los gritos se callan, hay silencio. 

Doy dos pasos atrás y veo ese enorme cuerpo inerte con un pequeño rastro de sangre que sale de su rostro demacrado. Me duele todo y a la vez no siento nada. Intento respirar profundo y el aire se regresa por el impulso de la sangre. Me arrodillo, todo da vueltas y está estático a la vez, no tengo control sobre nada y el mundo me domina, escucho pasos cerca y me dejo morir. 

II

Hay una luz blanca tenue que entra por debajo de una puerta, se escuchan pasos y conversaciones susurradas afuera. Siento que mi cabeza se parte en 2 suavemente, las manos no reaccionan y no sé cómo decirles a mis pies que se muevan. No sé cómo hablar, no recuerdo nada más allá del cuerpo de un oso fenecer en mis manos. Cierro los ojos. 

Es de día, se escuchan autos en la calle, creo que está lloviendo. Me doy cuenta que hay un tubo en mi boca que debe ir hasta mis pulmones, al frente un hombre y una mujer intentan sacarlo, siento que puedo respirar por primera vez en mi vida, las manos me duelen. 

Me explican que un hombre cualquiera, un día cualquiera, decidió capturarme y torturarme para su placer, al parecer era su séptima víctima. Las otras seis eran llevadas a la fuerza a las afueras de la ciudad, en un barrio invadido por habitantes de calle y delincuentes, donde los gritos eran más cotidianos que en otros lugares de la ciudad. Las ataban y torturaban, cuando perdían la consciencia por los golpes, eran dejados cerca para que regresaran pidiendo ayuda y ahí volvían a jugar con ellas hasta sacar el último aliento de vida y esperanza. 

Con el pasar del tiempo mi cuerpo se recupera, mi mente se aclara un poco más. Más allá de un par de visitas de la policía y un periodista buscando el titular de la prensa amarillista, nadie vino a verme, debo ser un solitario. Reconstruyendo mi vida con los detectives, supe que trabajaba en una empresa de tecnología, que estaba soltero, sin amigos, que era una víctima perfecta para el asesino, que tuve contacto con él varias veces porque eso hacen ellos, que él me seleccionó porque era fácil elegirme. 

III

Han pasado siete meses desde el día que salí del hospital, aún tengo algunos tics en el movimiento por causa de los nervios dañados por las puñaladas y patadas, a veces me duelen los dientes nuevos, no logro caminar completamente erguido y la cicatriz de la pierna me arde en los días de lluvia.

Regresé al trabajo y después de un par de almuerzos comentando lo sucedido todo volvió a la normalidad. Me levanto en las mañanas, trabajo por 8 horas, regreso a casa a ver alguna película o serie, duermo. A pesar de los cambios físicos internos, he logrado recuperar mi rutina.

A veces, en medio de la noche, me despierto con el cuerpo cubierto en sudor y sangre en la boca producto de morderme dormido. Me doy una ducha, salgo a la calle y tomo un taxi, camino por medio de barrios vacíos hasta llegar a aquella casa que aún conserva sus vidrios. Entro con la llave que él me dio, escucho en mi cabeza “el instinto es tu arma más fuerte” mientras subo las escaleras a una terraza desolada con manchas de sangre en el suelo. Miro al descampado y espero en silencio.

Un cuerpo se levanta en medio de la nada, cojea, se lamenta, escupe sangre, camina en mi dirección.  

Sé cómo llegue aquí.

miércoles, 21 de abril de 2021

Odio

 Odio los días de calor, esos en los cuales el sol sale a las 6 y no se va hasta justo las 7pm, donde la humedad recogida en la madrugada es un pequeño vapor que desaparece de las calles antes del desayuno, odio esos días en los que me toca pasar toda la noche con frío por culpa de la lluvia leve de la madrugada y luego debo intentar dormir sobre una cama que hace de asador. 

Odio las peleas, en especial cuando son esposos los que discuten; ellos intentando humillar y ellas intentando atacar el ego, que el dinero esto, que el tiempo lo otro, que el amor esto y que los niños lo otro. En el piso de arriba vive una pareja que haría mejor en separarse o matarse, cualquiera de las dos opciones haría feliz a este pobre imbécil que resulté siendo.

Recuerdo cuando mis padres discutían, al final todo se saldó en tablas cuando mi madre huyó de la casa y mi padre la encontró, fue en los 80s, estaba en una casa de paso, esperó afuera del lugar y cuando ella salía al mercado la alcanzó, le pidió perdón y al ver su negativa le pegó 3 puñaladas. Me gusta pensar que fueron 3 por los días que duraron amándose, casi 15 años de matrimonio que resultaron en una mujer desangrándose en la calle y un hombre ahorcado en su casa al ritmo de Gardel. No fue gran noticia, como dije, fue en los ochentas. 

Acaban de mover una silla en el piso de arriba, siguen discutiendo mientras escucho en el fondo los sollozos de Isabelita, la hija. 

Ah, Isabel Cifuentes se llama, sólo 14 años pero tiene una mirada de mujer que me remueve la entrepierna, siempre he querido tenerla, yo sé que ella me mira con deseo, sabe que soy peligroso porque sus padres me temen; cuando nos encontramos en el ascensor ellos siempre ponen esa cara de saber lo que yo soy, pero ni se lo imaginan. Mientras ella, toda linda con su vestido amarillo que de sólo recordarla me pone duro ¡mamacita! quisiera romperla bien rico mientras me pide que no más...Pero ni modo, son los vecinos y no puedo ir llamando la atención, por lo menos no desde que hubo tanto revuelo por la vieja esa que encontraron atada y desnuda en la montaña. 

Je! Recuerdo al patrón preguntando si fuimos nosotros ¡Pobre güevón! Pues claro que fuimos nosotros, esa malparida sólo nos miraba feo en el restaurante, al parecer no éramos de su clase y se creía mucho, pero hubieran visto cuando estaba empotrada, pobrecita, llorando y diciendo que nos iba a dar plata, como si fuéramos unos desechables. 

¡Agh! Se me arruina la mañana con este hijueputa calor y esos hijueputas gritándose ¿No ven que la vida es muy corta para andar alimentando el odio? necesitan una buena lección sobre la vida para que dejen de chimbiar tanto la mía. 

Ahora le dio por sonar a ese malparido teléfono...

Al parecer van a quebrar al patrón hoy y toca perderse un tiempo, así que adiós casita clase alta, no me serviste de nada, ni viejas traje a esta mierda de apartamento, ojalá hubiera traído a Isabelita ¡Ufff! lo que no le hubiera hecho a ese culito chiquito y rosadito. Bueno, ni modo, empacar y largarse será...

Ahora que me voy puedo ir a buscar a Isabelita, quién quita que esas teticas quieran algo bien rico ¿no?

Pensaba llevar mi glock pero el ruido llamaría mucho la atención, los gritos de la pelea no han terminado y seguro que todo el edificio está pendiente de algún grito diferente para llamar a la policía y tener permiso para chismosear a puerta abierta. Decidí subir por las escaleras con una de las navajas que me regaló el Charles el día de la vieja empalada, pobrecita ella. 

Toco la puerta y me abre un hombre de estatura media con lágrimas en la cara y los ojos rojos, tiene la vena brotada en la frente y el cuello, tiene una mirada de sorpresa y de cansancio, como si esperara que en algún punto los gritos, el llanto y la frustración de tener a quien amas al frente se esfumaran como por arte de magia, yo, que hoy hago mi papel de mago, lo empujo con la mano izquierda mientras saco la navaja con la derecha, cae al piso y antes de que la esposa pueda hacer el primer grito de ayuda o auxilio o sorpresa, me lanzo contra ella y de un tajo, hago un corte semiprofundo en su cuello, "mierda" pienso cuando veo salir el primer chorro de sangre contra mi camisa, yo que quería verme limpio para Isabelita. 

El hombre está en shock, no sabe cómo reaccionar y me ve caminar en su dirección mientras decido dónde dar la punzada, veo que tiene el pecho descubierto y sus manos no se mueven ¿Por qué será que los hombres que pelean con sus esposas son tan cobardes? Le apuñalo 3 veces en el pecho y entiendo porqué son sólo 3, la navaja pierde filo después del tercer lance. 

El silencio reina por fin en el edificio, camino intentando no pisar los charcos que se van formando entre dos cuerpos que se han quedado postrados mirándose fijamente mientras la vida se les va, todo muy romántico si me preguntan. 

Camino por el pasillo y el apartamento es exactamente igual al mío, sólo que lleno de fotos, de recuerdos, de ornamentos innecesarios para una vida de mierda como la que ellos llevaban ¿Cuánto habrá costado ese adorno de piedras de río que está sobre la mesa bajo el espejo con marco dorado? ¿Pensarán en él ahora mientras sienten un líquido caliente salir de sus cuerpos fríos? 

En la tercera puerta está el letrero con adornos "Isabela", no me gusta, creo que Isabelita suena mejor. Entro a la habitación y no está, busco pensando que se ha escondido en algún rincón y encuentro su ropa interior sucia, huele rico, como a virginidad con cocaína.

Ella no está en el apartamento, debió salir a algo y no debe de demorar, estoy seguro, igual tengo tiempo, pobre patrón que hoy lo van a matar y quizás grite mi nombre y el de Charles y el de su mujer y sepa que no está ninguno, que todos sabíamos lo que estaba pasando, pero ni modo, así son estos negocios, yo sé que algún día el Charles me llevará por una carretera de mierda cerca a algún río y me pegará mis tres puñaladas y me verá morir y lo veré vivir y en ese instante, quiero recordar el culo de Isabelita y sus teticas y sus gemidos y el olor de su cuerpo.

Decido esperar, ella no debe demorar, me siento en el sofá a espera del timbre o que se mueva la cerradura, ojalá no le incomoden los cuerpos de sus padres tirados ni el calor de esta ciudad de mierda ¡Agh! Odio los días de calor. 






sábado, 10 de abril de 2021

 Empezó cuando empecé a compartir apartamento con su hermana, una médica de clínica privada que terminó divorciándose cuando el esposo le propuso no trabajar más para cumplir su "rol de madre". La separación supuso perder el piso donde vivían, en un café del boulevard una amiga le contó del primo de una amiga que estaba buscando roomie y así terminó aquí. 

Con el pasar de los días nos hicimos amigos, ella me contó de su vida, de su perro llamado Oscar y su manía por dormir boca arriba, yo le conté de las fotos que estaban en una caja de zapatos mientras mirábamos llover en los días soleados. 

Un día me contó de su plan de visitar a su hermana y madre, ambas vivían en otro país, otro continente, de esos que estaban flotando sobre nuestras tierras y cuya fuerza de gravedad atraían a incautos y personas sin nada qué perder, después de perderlo todo. 

La acompañé a la grúa donde estaba el encargado, un joven de pelo negro lacio y la mirada puesta en otro lugar. Nos subimos junto a una pareja de novios que se miraban y besaban las manos, pensé en ella por un momento. La grúa empezó a moverse y ella me agradeció por acompañarla en ese viaje, pasamos unas estrellas y llegamos a la playa donde la esperaba su madre que no me reconoció. 

Dos meses después estaba sentado en la entrada de la grúa para bajar con ella, apareció con un vestido floreado y un sombrero de copa, sonreía. Al llegar me presentó a su hermana, una mujer de estatura mediana, con labios medianos y manos pequeñas, me miró y reconoció, aunque ya no éramos los mismos. Al parecer nunca pensamos que el otro del que contaba su hermana era yo y, que la hermana de la que me contaba, era ella. 

Ella notó la conexión y decidió sentarse sola en la grúa, la hermana se sentó al lado mío y la maquinaria empezó a descender: en el camino decidimos pararnos para bajar por los escalones como si fueran estrellas que se movían para recibir nuestros pies, pasó el sol y la luna mientras sentíamos descender nuestros cuerpos por una vía que iba al agua o a ningún lugar, no hablamos, nos mirábamos y recordamos aquella noche en el parque viendo a las chicas cantar canciones de los 90s, a los chicos siendo registrados por la policía, a la calle llena de gente de la calle esperando un momento para manifestar su existencia, recordamos sin nombrarlo los jugos en caja y los besos a la vuelta de la esquina, recordamos sin nombrar al dolor. 

De un momento a otro la grúa se detuvo, el suelo estaba ahí y bajamos en silencio, el chico de cabello lacio seguía manejando la grúa en nuestra tierra. Después de que ella bajó, detrás bajaron muchas ellas vestidas de muchas formas: la ella de vestido de gala, la de ropa para hacer aseo, la vestida para ir a bailar, la que tenía el cabello corto y la del cabello largo, la de la sonrisa triste y la del llanto fácil, la que estaba sentada en un paradero esperando la llegada de alguien y la que estaba sentada en una fiesta en una terraza en los 2000's, todas ellas bajaron como en una pasarela de los recuerdos que como todo proceso de memoria, estaba inundado de nostalgia, mentiras e ilusiones. 

Al final, la última en bajar fue una mujer que era ella sin serlo, era una figura en negro mate que ocultaba todo su ser, yo sabía que era ella, ella sabía que era ella, hasta el chico de la grúa sabía quién era, pero nadie lograba verla, como el fantasma oculto en el rincón de la habitación que nadie se digna a mirar fijamente. 

Un parpadeo después ella no estaba, su hermana arreglaba la maleta y se quitaba el sombrero de copa, me preguntaba en qué íbamos a ir a la casa mientras sonreía, la miraba fijamente y antes de lograr responder me desperté. 

Miré el celular, eran las 2:40am y llovía como ha llovido todos los años desde el día que Ciudad Solar se hundió en la tristeza, miré el rincón oscuro de la habitación y no había nadie, decepcionado me volví a dormir.